ALTERNATIVAS

Dr. Miguel Angel Rodriguez Echeverria

 

La familia se compone de diversas personas, que cumplimos tareas diferentes. No es lo mismo el papá que la mamá, ni el hijo que la hija, ni el hermano y su hermana o hermano. Pero todos son familia.

Y la familia nos da ejemplo de como en la diversidad de edades, de experiencias, de apariencias, de capacidades y caracteres, los lazos de amor que nos unen nos permiten actuar buscando el bienestar de todos.

Esto mismo es lo que predica la doctrina social de la Iglesia Católica cuando nos insta a promover el bien común: que el bien de cada uno incluya el bien de las demás personas.

Con cariño y gratitud, los católicos (y, en realidad, todas las personas deberíamos hacerlo) reconocemos el valioso aporte realizado por el Papa León XIII. En 1891, a través de su Encíclica Rerum Novarum, el Papa ofreció una actualización de las enseñanzas de la Iglesia en respuesta a los profundos cambios económicos y sociales generados por la Revolución Industrial y por la irrupción de la democracia moderna, la cual, en sus inicios, establecía sistemas de sufragio que excluían a muchos.

La importancia de Rerum Novarum radica en que supo adaptar la doctrina social de la Iglesia a las nuevas realidades de la época, enfrentando los retos de una sociedad que evolucionaba rápidamente y proponiendo caminos para promover la dignidad y libertad de cada persona, el bien común, la justicia social y la inclusión, valores fundamentales que continúan inspirando hasta nuestros días.

Pero es un error creer que la doctrina social de la Iglesia se origina en Rerum Novarum.

La doctrina social de la Iglesia nace con el cristianismo. Es simplemente la puesta en contexto de la organización social del mensaje evangélico que nos trajo Nuestro Señor Jesús.

Podríamos resumir la doctrina social evangélica en el mandato del amor y las bienaventuranzas.

Pero su desarrollo para ser aplicado al cuerpo social es mucho más detallado en el Nuevo Testamento.

Hoy quiero referirme a dos epístolas de San Pablo, la Primera Carta a los Corintios y la Carta a los Romanos, que fueron escritas en tiempos parecidos y que ambas en su capitulo X se refiere a la organización de la Iglesia en términos aplicables en mucho a la organización de las sociedades.

En ambas San Pablo compara la organización de un cuerpo social a un cuerpo personal, en cuanto a que tienen distintos miembros, encargados de diversas funciones, pero todos unidos están unos al servicio de los otros, y cada uno es necesario.

En 1 Corintios nos dice San Pablo: “Ahora bien, muchos son los miembros, mas uno el cuerpo. Y no puede el ojo decir a la mano: «¡No te necesito!» Ni la cabeza a los pies: «¡No os necesito!» Más bien los miembros del cuerpo que tenemos por más débiles, son indispensables… Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo.” (1 Corintios 10: 20-22 y 26)

Y en Romanos señala el Apóstol de los Gentiles: “así también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros. Pero teniendo dones diferentes, … Vuestra caridad sea sin fingimiento; detestando el mal, adhiriéndoos al bien; amándoos cordialmente los unos a los otros; estimando en más cada uno a los otros; …Sin devolver a nadie mal por mal; procurando el bien ante todos los hombres: en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres;” (Romanos 10: 5-6, 9-10, 17-18)

¡Cuán profunda es esta enseñanza, cómo su verdad supera todo el paso del tiempo y las transformaciones de la sociedad, del conocimiento y de nuestros instrumentos!

¡Cuán atinente es esta guía para el tiempo de antagonismo y división, de prédica de odio y de creación de antagonismos que nos toca vivir!

Expresidente de la República


Fecha de publicación: 1- Diciembre-2025

Fuente: diarioextra.com


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