Disyuntivas
Esta es una presentación que tuve el gusto de realizar de manera virtual en el X Diplomado Internacional de la Academia de Líderes Políticos, el pasado 20 de setiembre:
Celebramos este año el Año Santo 2025 convocado desde mayo del año pasado por el querido Papa Francisco con la bula Spes non confundit, La Esperanza no Defrauda. Es un Año Santo que nos convoca a peregrinar en la esperanza.
Tuve el privilegio de ser el primer Jefe de Estado en cruzar la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro en el Gran Jubileo del Año Santo 2000, también conocido como el Gran Jubileo del Nuevo Milenio convocado por San Juan Pablo II para honrar el final del segundo milenio y el comienzo de uno nuevo. Fue un Año Santo que se dio después de tres años preparatorios dedicados a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo y se dedicó a las Tres Divinas Personas, al misterio del amor que une el maravilloso Dios Único y Trino.
La peregrinación jubilar del Año Santo ordinario se origina en el primero establecido por el Papa Bonifacio VIII para el año 1300. En los últimos años se han venido celebrando cada 25 años.
La peregrinación es una acción fuertemente arraigada en la religiosidad. En esa bula el papa Francisco nos dice: “No es casual que la peregrinación exprese un elemento fundamental de todo acontecimiento jubilar. Ponerse en camino es un gesto típico de quienes buscan el sentido de la vida.”
Nosotros peregrinamos en nuestra vida como católicos, como seguidores del Divino Maestro, como “trato de amistad” con Jesús nuestro Redentor, al decir de Santa Teresa.
Pero, como nos los explicó hace ocho días en la sesión anterior de este Diplomado Internacional el querido Rocco Buttiglione, durante este peregrinar de nuestras vidas pareciera que el mal triunfa, que el poder se impone, que el éxito es de quienes actúan sin limitar sus ambiciones y acciones por el respeto y el amor a las demás personas y al bien común.
Peregrinamos en una sociedad enojada, amargada, frustrada, desilusionada. En una sociedad que en medio de un cambio de era siente miedo por el aumento de la incertidumbre, ira por las expectativas insatisfechas y se duele por el desarraigo que vive.
¿Cómo enfrentar la acción política en este mundo que sufre los dolores del parto de una nueva época?
¿Hurgando en los temores, lamiéndonos las heridas, sumiéndonos en la impotencia, lamentando la violencia, los odios y antagonismos?
Claro que nuestro llamado al amor hace que del corazón broten lágrimas ante la muerte de tanto inocente en Ucrania, en Israel, Palestina y Líbano, en Somalia y Yemen, en República Democrática del Congo, en Myanmar y en Haití, y también y en especial en nuestras ciudades y aldeas víctimas del crimen organizado y del terrorismo de estado.
¿Cómo no conmovernos, cómo ser indiferentes si en América Latina y el Caribe con un 8,2% de la población mundial se sufre un 33% de los homicidios que agobian a la humanidad?
Como no sentir angustia y dolor ante la realidad de que -después de la relativa paz posterior a la II Guerra Mundial- hoy el mundo vive un pico histórico en conflictos con participación estatal (61 en 2024) y más de 110 si incluimos enfrentamientos entre actores no estatales.
Esos números significan las muertes de niñas y niños, de jóvenes civiles y militares, de dirigentes políticos y civiles y de simples ciudadanos que valientemente luchan por su dignidad, por su libertad, por su derecho a permanecer en su patria.
El político católico no puede dejarse avasallar por la frustración que provoca el mal. El mal que produce esas muertes, que produce el dolor de millones de familias con hijos y padres heridos, desplazados, muriendo de hambre, el mal que destruye infraestructura, viviendas, edificios, iglesias, escuelas, hospitales. El mal que para perpetuarse en el poder persigue, encarcela, tortura, exila a obispos, sacerdotes, monjitas, dirigentes políticos, ciudadanos, y a jóvenes y niños. El mal que con populismos estatistas tortuosamente engaña a los pueblos para abusar de su pobreza y buena fe y querer adueñarse gradualmente de sus estados, de sus instituciones, de su bienestar.
El Papa Francisco, en este Año Jubilar de la Esperanza con mirada certera nos ha pedido que no nos demos por vencidos.
Para no ceder en se bula “La Esperanza no Defrauda” el Papa nos entregó un bello mensaje sobre la fuerza de la esperanza.
Para los cristianos la esperanza surge de seguir a Jesús y nace del amor, del amor que el Señor Jesucristo nos entrega con su vida pasión, muerte y resurrección.
El Papa Francisco nos indica: “Este entretejido de esperanza y paciencia (y me atrevo a agregar: perseverancia) muestra claramente cómo la vida cristiana es un camino, que también necesita momentos fuertes para alimentar y robustecer la esperanza, compañera insustituible que permite vislumbrar la meta: el encuentro con el Señor Jesús.”
Esa es la esperanza para nosotros los católicos. La que nos fortalece para peregrinar construyendo nuestro siempre inacabado camino de perfección, el camino de perfección de nuestra Iglesia, el camino del bien común para nuestra sociedad y para todas las personas del mundo.
Para los creyentes de las diferentes religiones la presencia permanente del amor de Dios nos infunde fe y nos da esperanza en el camino de la vida.
Para todas las personas la esperanza en el triunfo del bien, de la verdad, de la belleza es fuerza para promover el bien, la verdad y la belleza.
En nuestro vivir encontramos lágrimas, dolores y fracasos. Pero la esperanza, la fuerza que nace de nuestro encuentro con Jesús Redentor, nos permite no desfallecer en nuestro camino y perseverar en la lucha por el bien, la verdad y el bien común, para seguir la peregrinación a la que nos llama Jesús con su mandato de amarnos como Él nos ama, de amar a nuestros enemigos, a pesar de los obstáculos y dificultades.
La presencia permanente del amor de Dios nos infunde fe y nos da esperanza en el camino de la vida. Este es el más importante estímulo para nuestra participación en política, para dedicar nuestro esfuerzo a provocar la amistad social a la que nos ha convocado Fratelli Tutti
El peregrinar de este año jubilar nos da ánimo para vivir nuestra acción política con esperanza en el inmutable amor de Dios. A pesar del mal y de las dificultades.
Cada paso en nuestra acción política que es de servicio debe confirmar nuestra vocación a construir el bien, la verdad y la belleza, a promover el bien común.
Y cada experiencia en perseguir esos objetivos nos debe reafirmar en la seguridad de que el principal instrumento para tener éxito en esa construcción es el amor.
El amor que se expresa en fraternidad, perdón y respeto.
El amor que se expresa en tolerancia y paciencia.
El amor que se convierte en paz.
El amor que se expresa conjugando la buena intención con el conocimiento, la preparación cuidadosa con nuestra entrega a servir. Debemos actuar movidos por el amor y la esperanza, pero adecuadamente preparados.
La esperanza nos da fuerza para enfrentar el mal y las dificultades que enfrentamos por seguir a Jesús en el amor.
Pero no se trata de simple e ingenuamente dar las espaldas a las duras realidades del mundo.
Jesús cuando envía a sus doce discípulos a predicar el Reino les indica: “Miren que los envío como ovejas en medio de lobos: sean, pues, precavidos como la serpiente, pero sencillos como la paloma.” (Mateo 10:16)
Precavidos, en otras versiones se traduce como astutos y como prudentes. Precavidos, astutos, prudentes. Aquilatar personas e intenciones, posibilidades y resultados, las circunstancias en que actuamos.
Para ser precavidos debemos actuar con conocimiento de fines y medios, de limitaciones y posibilidades. Debemos usar el conocimiento que la humanidad ha construido siguiendo el mandato bíblico del Génesis “Llenen la tierra y sométanla. Tengan autoridad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra.”
La acción política no solo debe ser bien intencionada, también debe ser eficaz y eficiente.
También debemos ser astutos. Amar al adversario político al que no deberíamos nunca ver como enemigo, no implica ser ingenuos. Poner la otra mejilla no es andar buscando que nos cacheteen.
Sencillos también se traduce como mansos y como humildes. Sencillos, mansos, humildes manda ser el Señor a sus apóstoles cuando los envía a evangelizar.
Debemos reconocer nuestras limitaciones. Somos seguidores de la verdad porque somos seguidores de Jesús, pero no somos poseedores de la verdad. Nuestro tiempo, nuestro conocimiento, nuestros recursos, nuestras capacidades personales y grupales son limitadas.
Tal vez nosotros y no nuestros adversarios tengamos la razón. Siempre nuestros adversarios tendrán razones para sus propósitos y actuaciones. Solo con el diálogo las podremos conocer. Solo si las conocemos podemos llegar a acuerdos, o al menos a un acuerdo sobre cuales son nuestros desacuerdos. Para conocer las razones de los demás debemos oírlos, y debatir respetuosa y amablemente con ellos. Solo así podemos gozar de una política pacífica.
Para llegar a servir a los demás el político debe perseverar y ser paciente gracias a la esperanza que lo fortalece, pero debe también alcanzar posiciones y ejercerlas. Tanto para llegar al poder como para servir desde el poder buscando el bien común debemos seguir el mandato de Jesús que nos trasmite Mateo en su capítulo 10.
Buscamos el poder y es válido, lo necesitamos para servir. Pero ¡cuidado! El poder es muy peligroso.
Es fácil caer en la tentación y justificar que debemos también usarlo para servirnos. Es fácil engañarnos y autoconvencernos que debemos servirnos del poder en nuestro propio beneficio para lograr impresionar con nuestra posición a los demás y así ser eficientes. Es el consejo de Maquiavelo al príncipe. Es a veces la conclusión del realismo político.
Mentiras.
El pensador historiador y político católico inglés Lord John Edward Acton nos lo advirtió desde el siglo XIX, “El poder corrompe”. Eso con claridad lo demuestra la historia.
Hace unos años encontré que el problema es aún mayor. El poder enferma. Su ejercicio continuado nos hace perder la capacidad de la empatía.
Siempre he sentido temor por el ejercicio del poder. El Estado se justifica para evitar que personas poderosas roben la libertad y los bienes a otras. Pero es preciso limitarlo para que no sea el Estado quien abuse. Y para eso debemos limitar el poder de quienes dirigen el estado.
Y debemos ser conscientes de limitarnos a nosotros mismos en el uso del poder.
Cuando en 1998 tuve una de mis reuniones con el futuro gabinete y presidentes de autónomas les solicité leer “Memorias Hitler y el Tercer Reich visto desde dentro”, el libro escrito por Albert Speer condenado a prisión perpetua por los Tribunales de Nuremberg, quien se sorprende de cómo el ejercicio del poder lo llevó de ser arquitecto de Hitler a llegar a ser Ministro de Armamento explotando trabajo esclavizado.
Al ejercer el poder debemos ser precavidos como serpientes y sencillos como palomas para con astucia no dejarnos ni corromper ni enfermar por el poder y con mansedumbre usarlo para servir y buscar el bien común y no para servirnos. Conscientes del peligro y las tentaciones del poder debemos como Salomón pedir sabiduría a Dios para administrarlo.
El Papa León 14 nos lo enuncia categóricamente “La esperanza no es una evasión, sino un compromiso con la vida.”
Con esperanza debemos luchar para ser ejemplos de amor a nuestros semejantes y con amor construir bien común.
Ese es el llamado a los católicos en política.
Ese es el llamado que debemos seguir con la ilusión que nos da la esperanza, pero con los pies plantados en la tierra.
Ex Presidente de la RepúblicaFuente: La República