Bajo el límpido azul de tu cielo, blanca y pura descansa la paz

Así lo dice nuestro bello Himno Nacional. Lo expresa al principio y lo recalca al final: “¡Vivan siempre el trabajo y la paz!”. Lo declara nuestro himno porque somos un país de paz.

De ninguna manera, y ninguna persona, debe alentar el enfrentamiento entre hermanos. Los problemas no se solucionan con violencia. La guerra y la sangre solo traen dolor y angustia. La pérdida de vidas y la división cruenta de los costarricenses solo generan nuevos problemas.

Por eso, no son de recibo las manifestaciones del señor presidente Chaves el miércoles recién pasado.

Hemos sido un país pacífico. Lo hemos sido, bendecidos por Dios desde los orígenes mismos de la República.

Como lo recordé hace ya casi 40 años en mi libro interpretativo de nuestra historia Al progreso por la libertad, el espíritu pacífico y conciliador de los costarricenses está ya reflejado en nuestra primera constitución: el Pacto de Concordia.

Nuestro amor por la paz y la unidad se fortaleció desde aquella ya lejana época cuando, después de la independencia de España y durante nuestra pertenencia a la República Federal de Centroamérica, nos mantuvimos alejados de las guerras que azotaron a nuestras hermanas en la Federación.

Nuestra búsqueda perseverante de la paz y la negociación para mantenerla nos permitió diferenciarnos, construir la democracia y el Estado de derecho, y dedicar recursos a la educación y a la salud, y no a matarnos entre nosotros.

En Al progreso por la libertad indiqué:

“…la capacidad de nuestros antepasados para proyectar posibles condiciones sociales hacia el futuro les permitió adelantar en la formación de un criterio público previsor de problemas y creador de soluciones; un criterio amplio que permitió a los costarricenses enfrentar luego las situaciones que se presentarían, en forma tal que no sufriesen mengua la libertad, la justicia y la paz”.

Claro que nuestros pacíficos antepasados supieron armarse y defender la libertad no solo de nuestro país, sino de toda Centroamérica cuando tuvieron que enfrentar al filibustero invasor. Claro también que, tristemente, y por las imperfecciones y debilidades de nuestra humana condición, vivimos confrontaciones armadas en el pasado.

Las luchas entre anexionistas y separatistas (1821-1825), y la Guerra de la Liga (1838), las únicas totalmente internas del siglo XIX, fueron de dimensiones muy reducidas, y rápidamente San José y Alajuela, como victoriosas, lograron llegar a acuerdos con la Vieja Metrópoli y con Heredia.

Se evitó la confrontación popular cuando, en defensa del resultado electoral, el 7 de noviembre de 1889 los ciudadanos se levantaron contra el gobierno del presidente general Bernardo Soto, quien accedió a sus demandas y respetó la elección del presidente don José Joaquín Rodríguez.

En el siglo XX, dos veces corrió la sangre por luchas entre hermanos costarricenses. Cuando se derrocó la dictadura de los hermanos Tinoco, el presidente Julio Acosta buscó de inmediato la unidad de la familia nacional y el retorno a la paz, e inició un gran debilitamiento del ejército.

El más doloroso y cruento enfrentamiento se dio en el 48. En solo cinco semanas se estima que murieron más de 2.000 personas.

Eso representa, en proporción a la población, el equivalente a la mitad de las muertes totales que se dan en el país en todo un año actualmente. Qué dolor. Qué pérdida. Qué sufrimiento para tantas familias. Qué enorme división se mantuvo por décadas, incluso entre miembros de una misma familia, a pesar de los exitosos esfuerzos del presidente Mario Echandi para lograr la reconciliación; a pesar del retorno al país y de su incorporación plena a la vida política del expresidente Dr. Calderón Guardia y de la mayoría de quienes habían sido exiliados; a pesar de haberse eliminado la prohibición de participación política del Partido Comunista; a pesar de que se eliminó el ejército.

Esos hechos, lamentablemente, los evocó el presidente Chaves:

“Yo les advierto: en 1948 el pueblo se alzó.

No estoy diciendo que lo vaya a hacer ahora, pero no le jalen el rabo a la ternera… no le jalen el rabo a la ternera…”.

El video es muy expresivo.

Recordemos, y reafirmémoslo: somos un país de paz.

¡Vivan siempre el trabajo y la paz!

Miguel Angel Rodríguez E.

Ex Presidente de Costa Rica
Ex Secretario General de la OEA
Economista, abogado, político.
Esposo, padre, abuelo.

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