80 años después de Hiroshima y Nagasaki: el reto nuclear sigue vivo

Hace ochenta años, las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki segaron en pocos instantes la vida de más de doscientas mil personas y dejaron una destrucción y una estela de sufrimiento que aún duele. Desde entonces, el mundo vive bajo la amenaza de que ese horror se repita, con consecuencias aún peores. La fortuna —o la prudencia— han evitado su uso en combate desde 1945, pero el peligro permanece.

La Guerra Fría consolidó un equilibrio basado en la amenaza mutua de destrucción total. Lejos de desaparecer tras su fin, las potencias nucleares han modernizado y diversificado sus arsenales. El Tratado de No Proliferación Nuclear de 1970 (TNT) y el Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares de 1996 han contenido parcialmente la expansión, pero no han impedido que más países ingresen al club nuclear ni que surja el riesgo de que alguno al margen del TNP, o incluso un grupo terrorista, obtenga estas armas.

En este contexto sombrío, Costa Rica ha dado un ejemplo luminoso. Bajo la conducción de la embajadora Elaine White que es orgullo nacional, 122 países aprobaron en Naciones Unidas el primer tratado internacional legalmente vinculante que prohíbe y ordena destruir las armas nucleares.

Fue un hito diplomático que mereció el reconocimiento a Elaine del Papa Francisco y demuestra que una nación pequeña, desarmada y comprometida con la paz cuando está muy bien representada puede liderar causas trascendentales para la humanidad.

Ese tratado enfrenta enormes obstáculos: ninguna potencia nuclear lo ha firmado y su entrada en vigor exige adhesiones y garantías técnicas para que el desarme no deje a nadie vulnerable. Pero su existencia recuerda que el desarme no es una quimera, sino una meta exigente que demanda perseverancia y cooperación internacional.

No es ingenuo propiciar el desarme atómico. Aunque la amenaza mutua ha contenido el uso de estas armas, los riesgos de un error de cálculo de una gran potencia o de que proliferen entre múltiples naciones —o caigan en manos de extremistas— son demasiado altos. Avanzar hacia un mundo sin armas nucleares no es solo un ideal moral: es una urgencia práctica para garantizar la supervivencia humana.

Durante mi Presidencia tuve el honor de recibir en Costa Rica y de visitar en Hiroshima a sobrevivientes de esa catástrofe nuclear. Escucharlos fue profundamente conmovedor: en sus voces había dolor, pero también admirable fortaleza y una inquebrantable voluntad de luchar por la paz. Hoy, cuando ya muy pocos de ellos siguen con vida, su ejemplo nos recuerda que detrás de cada cifra hay rostros, familias y sueños truncados.

A ochenta años de Hiroshima y Nagasaki, el recuerdo de aquellas víctimas y el testimonio de quienes sobrevivieron nos llaman a actuar. Que el mundo no espere a que la tragedia se repita para comprender que el único camino seguro es el desarme nuclear.

Miguel Angel Rodríguez E.

Ex Presidente de Costa Rica
Ex Secretario General de la OEA
Economista, abogado, político.
Esposo, padre, abuelo.

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