Blanca Echeverría, mi mamá: Una madre del siglo XX
Este Día de la Madre lo celebro recordando a mi mamá. Una mujer a la que debo muchísimo por el amor que me dio y por el amor que me enseñó a dar, por los valores que me infundió con su ejemplo y con su palabra, por la disciplina y el sentido de responsabilidad que me inculcó.
Mamá fue una madre del siglo XX. Parte de una sociedad sencilla, abierta a las relaciones entre personas con muy diversas condiciones económicas y sociales, donde los costarricenses se conocían entre sí y se respetaban, aunque claro había prejuicios y discriminaciones que hoy felizmente no son aceptables.
Nació cuando esa centuria iniciaba allá en 1907 y se desarrolló viviendo I Guerra Mundial, los fabulosos veintes, la gran depresión, la II Guerra Mundial y la Guerra Fría.
Nació en Limón donde su padre el Dr. Emilio Echeverría ejercía la medicina. Muy niña vivió en Europa con su mamá y hermanos. Desde muy jovencita ella y papá -que le llevaba 11 años- se echaron el ojo, y cuando su familia se fue a vivir unos años a California ella le propuso matrimonio para quedarse con él. Era una mujer decidida.
Fue madre de una hija y 4 hijos, y tuvo tres pérdidas.
Provenía de una familia distinguida en el siglo XIX, bisnieta de Castro Madriz, nieta de uno de los arquitectos del Teatro Nacional que fue ingeniero constructor de muy importante infraestructura de carreteras y aguas y embelleció la capital; e hija del primer dermatólogo costarricense que era uno de los herederos de la fortuna de Vicente Aguilar.
Pero los Echeverría Aguilar habían perdido su riqueza
Mi hogar fue de recursos limitados, mis padres nunca tuvieron automóvil, por ejemplo, y pasaron épocas muy limitados económicamente, especialmente cuando les tocó vivir la gran depresión y papá acababa de construir la casa familiar en la que nací y de la que salí cuando me casé. Estaba por ese motivo endeudado y le redujeron a la tercera parte el sueldo en la ferretería de sus tíos en la que trabajaba. Pero nunca nos faltó nada esencial. Mamá contribuía de cuando en cuando a las finanzas de la casa con clases de cocina y haciendo y vendido cremas de recetas de su papá.
Mamá se empeñó en despertar nuestra admiración, más que merecida, por papá, por su amor y dedicación a la familia, su responsabilidad y sus esfuerzos para proveer a la familia.
Las relaciones sociales incluían atender a personas en pobreza que los martes acudían a recibir una limosna, y alternar con familias con muchos medios ante las cuales no había ni complejo ni envidia.
Pero más que eso, mamá fue una mujer que respondía a las mejores características propias de una costarricense del siglo pasado.
Blanca Echeverría Velázquez fue una católica ferviente. Nos inculcó a sus hijos su profunda fe en Dios, en la Divina Providencia, en la devoción a la Virgen María. En casa se rezaba el rosario en familia. Ayudaba en la parroquia de Santa Teresita, y nos estimuló a mi hermano Álvaro y a mí a servir de monaguillos, para lo cual nos llevaba diariamente a misa a las 6:15 de la mañana.
Una mujer de familia y de tradición. Bebió y trasmitió la cultura que en la pequeña y aldeana Costa Rica se fue desarrollando con elementos muy distintivos desde el siglo XIX.
Cada familia era un centro de vida y de apoyo mutuo y se extendía no solo a la familia inmediata de padres e hijos, sino que las relaciones familiares abarcaban a primos primeros y segundos.
Las hermanas de papá y de mamá formaban parte muy cercana del entorno familiar. Como mi abuela materna viuda vivía en nuestra casa y como la familia extendida de papá en Costa Rica era más pequeña porque el resto seguía en Colombia, las visitas y los intercambios más seguidos eran con la familia materna. Pero tengo lindos recuerdos de mis papás jugando naipes con las hermanas Rodríguez Támara.
Con su yerno y nueras fue amiga cariñosa, comprensiva y muy respetuosa de la independencia de sus hogares. Las reuniones de hijos y nietos cada semana en casa de mis padres son inolvidables. Junto a papá se empeñó mamá en crear amor y compañerismo entre sus hijos, y lo lograron. Les debo las maravillosas relaciones que he vivido con mis hermanos sanguíneos y políticos y con mis sobrinos.
Además de la intensa vida familiar había clara conciencia de pertenencia a la comunidad y orgullo de ser costarricense.
Nos formó con reglas muy claras. Debíamos ser obedientes, responsables de nuestros deberes, excelentes en los estudios, respetuosos de los mayores.
La disciplina se imponía sin remilgos. Usaba durante mi niñez una faja de papá colgando en la cintura y no dudaba en usarla, con frecuencia, pero sin crueldad, para disciplinarnos y corregir desobediencias.
Tengo enorme gratitud por cada beso, cada consejo, cada rato de esparcimiento y de oración, y cada fajazo.
Hoy las cosas son diferentes. Nuestros hijos y nietos han tenido una formación muy diferente. Pero yo doy a Dios gracias por la educación que bajo la guía de mamá recibí en mi hogar.
Mamá hasta el cielo te envío mi amor y mi inmensa gratitud.