¿Se podrá el mundo reencaminar hacía un orden de leyes y no de poder descarnado?

Muchos estamos convencidos de que vivimos un cambio de época. No una simple época con muchos cambios. Un cambio de época con resultados tan disruptivos como la caída del imperio romano, el fin de la edad media o el surgimiento de la época contemporánea.

En este cambio de época vivimos el desajuste entre nuestros modelos mentales y sociales, y la nueva realidad que va surgiendo sin terminar de hacerlo. Un desajuste que se produce por la maravillosa impronta de las mujeres logrando éxitos después de milenios en su lucha por igualdad de derechos, por la velocidad del cambio tecnológico, por las transformaciones en la familia, las comunidades, la vida urbana, las comunicaciones, el mundo del trabajo y el acceso al conocimiento.

Un cambio de época que nos incremente exponencialmente la incertidumbre y en el cual perdemos arraigo en la institucionalidad que nos daba confianza y relativa paz.

Es un cambio de época durante el cual se alteran las relaciones geopolíticas y la gobernanza nacional e internacional.

Después de la II Guerra Mundial se juntó el surgimiento de una nueva institucionalidad internacional nacida ante los horrores de esa guerra, con la Guerra Fría que enfrentó al bloque del comunismo soviético con las democracias occidentales.

Fue un período de tensión por la amenaza de una destrucción nuclear, pero fue también un período en el cual ese temor sirvió de contención al peligro de esa destrucción. Entre los dos bloques las relaciones comerciales y de intercambio fueron muy limitadas, pero fue también un período de acelerado crecimiento económico, de aumento de la educación y la salud, de caída de la mortalidad infantil y aumento de la expectativa de vida, de disminución de la pobreza.

Durante esas décadas la humanidad dividida en esos bloques enfrentados se encaminó -a pesar de todo- hacia una mayor vigencia de gobiernos nacionales basados en normas y no solo en poder de los gobernantes. También se avanzó en relaciones comerciales y políticas entre naciones también basadas en normas prestablecidas.

Casi de repente cayó el Muro de Berlín y se desintegró la Unión Soviética.

Fue un cambio radical de la geopolítica.

Algunos ingenuos creímos que nos encaminábamos a un gran consenso. A un acuerdo sobre la conveniencia de democracia liberal; de mercados internos e internacionales abiertos, competitivos y reglados; a una fuerte institucionalidad internacional capaz de generar los bienes públicos mundiales necesarios para vivir en paz, defender los derechos humanos y dominar el cambio climático y las pestes.

Un mundo dominado por el “sueño americano” bajo la conducción unipolar de los EEUU, pero con creciente globalización normada. Pero la ilusión duró poco. Con la Gran Recesión de 2008-2009 se hizo patente que las diferencias entre personas y naciones eran mucho más poderosas que esa convergencia.

El extraordinario crecimiento de China dio lugar a la confrontación entre esa nación y los EEUU, el “hegemón” dominante. Una confrontación muy diferente a la de la Guerra Fría porque ahora son potencias con muy importantes relaciones comerciales, financieras, académicas.

Una confrontación que sufre un cambio drástico con la invasión a Ucrania, invasión que había sido precedida 20 días antes por la Declaración sobre la Era Nueva de los dirigentes de China y Rusia Xi Jinping y Putin, de 4 de febrero de 2022.

Esa declaración rompe con la universalidad de los derechos humanos establecida en la fundación de las NNUU y declara que “Una nación puede elegir las formas y métodos de implementación de la democracia que mejor se adapten a su estado particular, sobre la base de su sistema social y político, sus antecedentes históricos, tradiciones y características culturales únicas.”

Ahora vivimos un período en el cual al interior de muchas naciones se imponen formas de populismo autoritario que desconocen la democracia y el estado de derecho, e internacionalmente renace la concepción prevaleciente a lo largo de la historia de que las relaciones internacionales se resuelven según la fuerza y el poder de las distintas naciones.

¿Cómo debe navegar nuestra maravillosa y pequeña nación en estas nuevas condiciones?

Esta es una pregunta a la que con seriedad debemos responder los costarricenses.

Algo deberíamos tener claro. Igual a como en la Guerra Fría fuimos del bloque que enfrentaba al comunismo y en los enfrentamientos con las dictaduras defendimos la democracia liberal, ahora debemos unidos luchar por una gobernanza nacional e internacional regida por normas y no por la arbitrariedad de los poderosos.

Miguel Angel Rodríguez E.

Ex Presidente de Costa Rica
Ex Secretario General de la OEA
Economista, abogado, político.
Esposo, padre, abuelo.

Anterior
Anterior

Pidamos a la Negrita que interceda por nuestra unión y paz

Siguiente
Siguiente

Somos hermanos y navegamos en la misma lancha