Para llegar bien no basta la dirección. Necesitamos esquivar los obstáculos del camino
Para lograr un resultado económico, la sociedad no solo debe saber la dirección de esa meta, sino también los obstáculos que dificultan alcanzarla.
En estos días dos importantes publicaciones me han hecho reflexionar sobre esa sencilla y evidente afirmación que fácilmente dejamos de lado.
Por una parte, vio la luz “El Consenso de Londres. Principios Económicos para el siglo XXI” y por otra, lo aplica rápidamente a nuestro país Ricardo Monge con su artículo del recién pasado jueves “Una sola Costa Rica: cómo hacer que el progreso llegue también a las costas y el campo”.
La primera de esas publicaciones reúne las contribuciones al debate para la formulación de políticas económicas que desde 2023 viene realizando la Escuela de Londres de Economía y Ciencia Política (LSE). En estos años más de 50 académicos en economía y otras ciencias sociales han contribuido para explorar lo construcción de un nuevo consenso en sus campos de especialización, que viera la luz 25 años después de la publicación del Conceso de Washington publicado por John Williamson en 1990.
En esos 25 años se han dado muchos importantes cambios en el mundo real y en la ciencia económica.
En el primero de esos campos es ahora evidente, bueno excepto para los que no quieren ver, el cambio climático y la afectación de las especias creados por la acción humana, la cuarta revolución industrial, las transformaciones geopolíticas con la desaparición de la URSS y el surgimiento de China como potencia mundial, y las profundas transformaciones en las relaciones humanas creadas por el avance tanto tiempo impedido en la condición de la mujer. Son cambios profundos con consecuencias en casi todos los campos de la acción humana.
Respecto a las transformaciones en la ciencia económica, Tim Besley y Andrés Velasco en la introducción de esta obra señalan: “La disciplina de la economía también ha cambiado, sobre todo en su adopción de la economía política y en su interacción con la psicología para crear modelos más completos del comportamiento individual y de la toma de decisiones colectivas. La disponibilidad de datos y los nuevos métodos también han permitido la realización de numerosos estudios empíricos innovadores, tanto microeconómicos como macroeconómicos, que los profesionales pueden utilizar para comprender las consecuencias de las diferentes políticas”.
En este contexto el Consenso de Londres rescata los principios que a lo largo de estos años han confirmado su utilidad para orientar las políticas económicas y propone 5 principios nucleares que pueden señalar una dirección para la política económica: 1.-No es solo dinero, la clave es el bienestar; 2.- El crecimiento es importante, pero también lo es donde ocurre. Depende no solo de macro equilibrio y precios libres, la innovación requiere política económica activa; 3.- Construir resiliencia, el gobierno como asegurador de última instancia; 4.- No hay buena economía sin buena política y 5.- Un estado capaz: el complemento esencial para todo.
Por su parte Ricardo Monge en su aplicación de alguno de los temas que la voluminosa propuesta del Consenso de Londres propone señala: “El London Consensus, elaborado por economistas de renombre mundial como Philippe Aghion, Dani Rodrik y Ricardo Haussmann, entre otros, plantea que el progreso del siglo XXI debe basarse en la innovación, la sostenibilidad y la inclusión. Las políticas públicas, señalan, deben centrarse no solo en el crecimiento, sino en crear capacidades productivas en todos los territorios, fomentando la competencia, el aprendizaje y la participación de la sociedad civil.”
Ricardo Monge con acierto aplica estos principios al problema que enfrentamos por la dualidad de nuestra economía, dividida entre la economía dinámica y avanzada tecnológicamente de los sectores exportadores protegidos y sus beneficiados; y la economía tradicional que abarca el 85 por ciento de nuestra producción y genera la mayor parte de los empleos, con bajo crecimiento y menores salarios y rentas, especialmente ubicada en nuestras costas y en la zona rural.
Estas publicaciones merecen estudio y reflexión. Pero en este artículo además de recomendarlos, solo quiero resaltar un punto fundamental para la aplicación de la ciencia económica a la generación y aplicación de políticas económicas: la necesidad de tomar en cuenta no solo la dirección que nos conduce a donde queremos llegar, sino también de donde partimos y los obstáculos que hay en las rutas hacia ese destino.
Es mucho más fácil sacar de nuestros estudios de economía una visión paradigmática y simplificada y aplicarla a todas las circunstancias. Pero desdichadamente eso no sirve.
Cuando me fui a estudiar a Berkeley ya conocía bien el ordoliberalismo de Eucken y la economía social de mercado como visiones de política económica que consideraban la necesidad de acciones del estado para que una política de liberalización fuese eficiente. También y por supuesto, en la UCR había aprendido de fallas de mercado y de externalidades. Y claro, adicionalmente por mis estudios de derecho y de política conocía las dificultades de ejecutar las propuestas de políticas económicas.
Sin embargo, recuerdo el impactó que tuve con la lectura La Teoría General de Segundo Mejor ("The General Theory of Second Best") de R. G Lipsey y Kelvin Lancaster, publicada en 1956 que demostró que cuando no es factible cumplir con todas las condiciones para lograr en la economía los resultados de la eficiencia de los mercados el mejor resultado posible no se lograba necesariamente cumpliendo las restantes condiciones.
¡Los resultados de la actividad económica eran aún más complicados de lo que creía!
Los autores del Consenso de Londres lo recalcan en su introducción: “Las restricciones vinculantes que limitan el crecimiento y el progreso social difieren entre países que tienen historia, cultura y políticas con enormes variaciones. Por eso cada nación debería desarrollar sus propias prioridades políticas a su medida.”
Para decirlo en lenguaje vernáculo más asequible: La teoría nos sirve para indicar una dirección, pero no podemos llegar a la meta si no consideramos los precipicios, mares, ríos profundos, selvas o empinadas montañas que hay en esa dirección.
Esta condicionalidad se aplica a los diversos consensos: al macroeconómico keynesiano posterior a la II Guerra Mundial, al monetarista de Friedman, al de Washington y al que pretende emerger de Londres.
Políticos y economistas de todas las orientaciones debemos siempre recordar esto y no enfrentarnos solo por visiones paradigmáticas generales.