Depende de nosotros que la 4ª Revolución Industrial sea para el bien común
Vivimos en medio de la más acelerada transformación tecnológica de la historia. La irrupción de la inteligencia artificial (IA) —y en particular de herramientas como ChatGPT— ha puesto al alcance de todos una capacidad de análisis y creación que hasta hace poco pertenecía al campo de la ciencia ficción. Pero este avance, tan sorprendente como prometedor, también nos enfrenta a dilemas morales, sociales , económicos y políticos de enorme magnitud.
El entusiasmo es evidente. La inteligencia artificial impulsa hoy buena parte del crecimiento bursátil mundial: en 2023 Morgan Stanley estimó que el S&P 500 podría aumentar entre 22 y 27 % por el auge de la IA; en 2024, NVIDIA por sí sola explicó más del 20 % de ese crecimiento; y en 2025, Goldman Sachs atribuye a empresas vinculadas con la IA cerca del 80 % de las ganancias del índice. Es un fenómeno comparable con las grandes revoluciones industriales: cada una generó una ola de riqueza, innovación y esperanza, pero también la posibilidad de crisis, desempleo y concentración de poder.
La llamada cuarta revolución industrial no se limita a la digitalización. Es la fusión de lo físico, lo digital y lo biológico: inteligencia artificial, internet de las cosas, robótica y análisis de datos en tiempo real. Como toda revolución tecnológica, puede orientarse hacia el progreso humano o hacia nuevas formas de desigualdad.
El estudio del CIPPEC y Microsoft Latinoamérica que analicé hace algunos años concluía que, si Costa Rica adopta con decisión las tecnologías de esta nueva era, su crecimiento podría aumentar en 1,7 puntos anuales y el ingreso por habitante podría ser casi 20 000 dólares superior en dos décadas. Pero ese resultado no será automático: depende de las políticas públicas, la educación, la ética y la estructura del poder.
Porque la IA también puede destruir millones de empleos. Los profesores de Oxford, Frey y Osborne, ya en 2013, calcularon que el 47 % de los puestos de trabajo en Estados Unidos estaban en riesgo por la automatización. En Europa la cifra llegaba al 54 %. Y el Banco Mundial advirtió en 2018 que dos terceras partes de los empleos de los países en desarrollo podrían desaparecer. La tecnología crea oportunidades, pero también amenaza la estabilidad de millones de familias y la autoestima de quienes pierden su función social.
De ahí que el debate ético sea tan urgente. El papa Francisco ha recordado que la IA “transformará casi todas las dimensiones de la vida humana” y que su desarrollo exige poner la dignidad de la persona y el bien común por encima del lucro y del poder.
El Papa León XIV recién electo en su discurso al ColegioCardenalicio indicó: “pensé tomar el nombre de León XIV. Hay varias razones, pero la principal es porque el Papa León XIII, con la histórica Encíclica Rerum Novarum, afrontó la cuestión social en el contexto de la primera gran revolución industrial y hoy la Iglesia ofrece a todos, su patrimonio de doctrina social para responder a otra revolución industrial y a los desarrollos de la inteligencia artificial, que comportan nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y el trabajo.”
Hoy vivimos una nueva concentración de riqueza y poder y como reiteradamente lo he recordado el poder corrompe y enferma, pues quienes lo ejercen sin mayores limitaciones se enferman y pierden la capacidad de ser empáticos y entender a los demás.
La acumulación en torno a las grandes corporaciones tecnológicas plantea riesgos no solo económicos sino políticos: el poder para controlar la información, condicionar la opinión pública o definir qué es verdad y qué no. Si no establecemos parámetros éticos y normas internacionales, esta revolución podría terminar dominada por quienes usen el conocimiento para someter a los demás, degradando la libertad y la dignidad humanas.
Costa Rica ha enfrentado antes desafíos parecidos. Nuestros antepasados construyeron una democracia sólida y superaron la extrema pobreza colonial pasando de ser la más pobre de las provincias de la Capitanía General de Guatemala a ser la más avanzada, gracias a su inversión en educación, su construcción de nuestra democracia y su estado de derecho y de su apertura al mundo. Esa experiencia nos marca el camino. Hoy debemos renovar la educación pública y la capacitación laboral para las nuevas competencias digitales y creativas; promover la innovación y la destrucción creativa que eleva la productividad; y fortalecer el Estado de derecho y la cultura cívica que permiten que el progreso sea equitativo.
Como advierten Daron Acemoglu y Simon Johnson en Progreso y poder, el beneficio de la tecnología depende de la estructura del poder. Solo sociedades con instituciones inclusivas logran que la innovación sirva al bienestar general. De nada valdrán las reglas si no hay ciudadanos dispuestos a defenderlas.
Depende de nosotros —de nuestra ética, nuestra política, nuestra economía y nuestra educación— que esta cuarta revolución industrial sea una oportunidad de libertad y prosperidad compartida, o el inicio de una era de dominación y desigualdad.