Respetarnos, mejor aún amarnos. Oír, discernir, hablar y acordar

Somos más felices cuando vivimos amándonos. Pero aún si no lo logramos, siempre es conveniente actuar racionalmente buscando acuerdos. Nuestros padres nos enseñaron que es mejor un mal arreglo que un buen pleito.

Si actuamos creando antagonismo, movidos por el odio o por la desconsideración a los demás, no solo no somos felices, además actuamos contra el bien común.

Amar y acordar nos permite disfrutar del conocimiento de muchos, vivir en paz y progresar. Por eso es una buena regla para la convivencia en sociedad oír a los demás, hablar con cuidado después de discernir y llegar a acuerdos. Y claro, respetar a todos y tratarnos con buenas maneras.

Somos nada menos que personas creadas por Dios a su imagen y semejanza. Somos por ello dignos y libres. Cómo si fuera poco Dios nos ama. A todos.

Pero somos creaturas no dioses.

Por eso vivimos nuestra gran dignidad y nuestra libertad en medio de enormes limitaciones. El tiempo, la geografía, el conocimiento, los bienes, los recursos naturales.

Nos limitan instintos atávicos desarrollados para sobrevivir en las condiciones más inhóspitas, a los que debemos sobreponernos.

Además, nos limitan y condicionan nuestras pasiones y nuestras inclinaciones. El egoísmo, la soberbia, la envidia, la ambición desmedida, la prepotencia.

Nuestras vidas con esa gran dignidad y en medio de tantas limitaciones las desarrollamos con otras personas. Personas de igual dignidad e igualmente libres.

Siempre dependemos de los demás. Siempre. Desde la concepción al nacimiento, desde la niñez a la vida de adulto, sanos y enfermos, en la plenitud de nuestras capacidades y en la ancianidad.

Esa dependencia y nuestra propia naturaleza condicionan que la felicidad se alcanza de mejor manera cuando vivimos cooperando con nuestra familia, con quienes forman nuestro entorno, con nuestros compañeros y aún con los desconocidos con los que interactuamos, y en mayor medida si los amamos. Eso es si nos preocupamos y nos ocupamos dentro de nuestras posibilidades por su bienestar. Si vivimos de tal manera que nuestro bienestar dependa también del bienestar del otro.

El amor al prójimo no solo es la regla básica de la ética del cristianismo y de otras religiones y deducciones filosóficas, sino que también investigaciones empíricas sobre las características de las personas felices señalan la importancia de las buenas relaciones interpersonales para serlo.

En mi artículo “Natalidad, emparejamiento y esperanza de vida saludable y feliz” he hecho referencia a un importante estudio conducido por la Universidad Harvard desde 1938 que tiene muy importantes conclusiones sobre los efectos de vivir con buenas y cercanas relaciones humanas. Efectos que incluso van más allá de salud y longevidad.

El “Harvard Study of Adult Development” (Estudio de Harvard sobre el Desarrollo de Adultos) es el más prolongado de su tipo pues se ha extendido por 87 años. Inició con 268 estudiantes de Harvard, hombres blancos de unos 19 años y luego se adicionaron 456 habitantes de barrios de Boston, entre 11 y 16 años, también hombres blancos. Se fueron agregando sus esposas, y abarca la segunda y tercera generación de esos participantes iniciales. En total se ha dado seguimiento a más de 2000 personas.

La conclusión de este estudio que sorprendió a sus investigadores en palabras del actual director del proyecto Profesor Robert Waldinger es: “Las personas que eran más felices, que se mantenían más saludables a medida que envejecían y que vivían más tiempo eran aquellas que tenían las conexiones más cálidas con los demás. De hecho, las buenas relaciones fueron el predictor más fuerte de quién sería feliz y saludable al envejecer”.

Muchos otros estudios como el de Ed Diener and Martin Seligman “Very Happy People” (Gente Muy Feliz) de 2002 llegan a conclusiones similares o encuentran que la soledad es un indicativo de menores niveles de felicidad.

Pero ¿en qué dirección va la causalidad? Son las personas más felices por esas conexiones más cálidas con los demás (amor) o es que por ser más felices tienen esas mejores conexiones.

Julia Rohrer en el Instituto Max Planck en Berlín se propuso resolver adecuadamente esa incógnita y dividió a estudiantes en dos grupos diferenciando entre los que consideraban mecanismos no sociales como medios para ser más felices (un mejor auto, un buen trabajo) y los que escogían medios sociales (pasar más tiempo con la familia, tener amigos). Un año después los que escogieron medios sociales habían aumentado más su sensación de felicidad. En su artículo escrito en colaboración con otros autores: “Successfully Striving for Happiness: Socially Engaged Pursuits Predict Increases in Life Satisfaction” (Esfuerzos exitosos por alcanzar la felicidad: las actividades socialmente comprometidas predicen aumentos en la satisfacción con la vida.”) concluye: “Nuestros resultados demuestran que no todas las búsquedas de felicidad son igualmente exitosas y corroboran la gran importancia de las relaciones sociales para el bienestar humano.

Otros estudios han llegado a resultados similares. Las buenas relaciones sociales son causa de la felicidad. No es a la inversa.

La conclusión del Profesor Robert Waldinger es que sentirnos conectados con otros nos da felicidad. Cuando tengo amor por alguien me siento más conectado con esa persona y eso me da felicidad.

Desdichadamente por nuestros instintos y limitaciones siempre está presente la tentación de romper las buenas relaciones sociales y las reglas de buen comportamiento que son fundamentales para vivir en paz y ser felices.

Romper esas reglas no solo es contrario al bienestar de nuestra sociedad. Es también contrario a nuestro propósito de ser felices.

Debemos esforzarnos en recordar en la campaña política que ya estamos viviendo: Respetarnos, mejor aún amarnos. Oír, discernir, hablar y acordar.

Miguel Angel Rodríguez E.

Ex Presidente de Costa Rica
Ex Secretario General de la OEA
Economista, abogado, político.
Esposo, padre, abuelo.

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