¿Cómo administrar el éxito sin sacrificar el resto de la economía?
La pregunta no es si debemos frenar el éxito del régimen especial. La pregunta es cómo administrar económicamente ese éxito sin debilitar el resto de la economía.
En economía existe un concepto útil: la enfermedad holandesa. Ocurre cuando un ingreso extraordinario de divisas aprecia el tipo de cambio real y encarece los sectores transables tradicionales (exportaciones tradicionales y sectores que compiten con importaciones). No es un problema de menor productividad, sino de cambios en precios relativos causados por abundancia de dólares.
Debe distinguirse de la destrucción creativa: allí unas empresas desaparecen porque otras más productivas surgen gracias a innovación y cambios tecnológicos. Eso fortalece la economía. En la enfermedad holandesa, en cambio, la contracción de sectores ocurre por presión cambiaria originada en nueva explotación de recursos naturales, remesas u otros flujos externos, no por un desempeño productivo inferior frente a sectores más eficientes.
Costa Rica presenta rasgos que obligan a reflexionar. El régimen especial —zonas francas y perfeccionamiento activo— ya representa alrededor del 15% del PIB y más del 60% de las exportaciones de bienes. Sus dos grandes motores son equipos médicos y servicios empresariales, ambos altamente integrados a cadenas globales.
La inversión extranjera directa, que ha oscilado entre 4% y 6% del PIB, está estrechamente vinculada a ese régimen especial. Es una fuente central del ingreso extraordinario de divisas. Su contraparte es la salida posterior de utilidades por pago a los factores externos que realizan la inversión, pero mientras el flujo neto sea positivo, la presión cambiaria persiste.
A ello se agregan otras entradas: colocaciones de deuda externa pública —que el gobierno ha utilizado para financiar el déficit— y que contribuyeron a que la relación deuda/PIB volviera a superar el 60% el año pasado. Cada emisión externa introduce más divisas y refuerza la apreciación si las tasas de interés no se ajustan.
Tampoco puede ignorarse la existencia de flujos ilícitos vinculados al narcotráfico, contrabando y lavado de dinero, que ingresan dólares al sistema sin generar productividad formal ni contribuir fiscalmente.
Adicionalmente, el Banco Central ha sido timorato en la reducción de la tasa de política monetaria. Un ajuste que reduzca el diferencial que hoy incentiva inversiones financieras en colones frente al dólar podría contribuir a moderar la presión apreciadora.
El resultado ha sido una apreciación real persistente del colón que en las últimas semanas se ha acelerado significativamente. De enero de 2023 a enero de 2026 la tasa de apreciación mensual promedio fue de 0,53%. En los dos primeros meses de 2026 esa tasa mensual superó el 2,7%, más de cinco veces el promedio previo.
Mientras tanto, el desempeño sectorial muestra divergencias claras. En 2025 el régimen especial creció interanualmente un 15,3% a setiembre y un 20% en el cuarto trimestre, según el BCCR. En el régimen definitivo esas cifras fueron de solo 2,3% y 0,9% y el nivel de ocupación nacional es aún menor al que había antes de la pandemia. El turismo —medido por llegada de extranjeros— aumentó apenas un 1% en 2025, alcanzando 2.943.991 visitantes, todavía 6,2% por debajo del nivel de 2019 según el ICT. En contraste, según ONU Turismo, el turismo mundial creció un 4% en 2025 y superó el nivel de 2019 en 1,3%.
Aquí surge el dilema fiscal. La regla fiscal, crucial para estabilizar las finanzas públicas y recuperar credibilidad macroeconómica, ha contenido el gasto. Pero ello ha significado restricciones severas en áreas estratégicas: educación —cuando los cambios tecnológicos y el crecimiento del régimen especial demandan mayor inversión en formación técnica y científica—; salud —con listas de espera inaceptables, creciente deuda del Estado con la CCSS y un envejecimiento acelerado que exige mayor gasto—; y seguridad nacional, frente a un deterioro sin precedentes.
No es sostenible que un sector dinámico crezca aceleradamente, genere la mayor parte de las divisas y esté exento de buena parte de la carga tributaria, mientras el resto de la economía permanece frágil y el Estado carece de recursos para invertir en capital humano y seguridad. Esta distorsión altera la asignación eficiente de recursos: el régimen especial atrae capital y trabajo no solo por mayor productividad intrínseca, sino también por un entorno tributario diferenciado.
La pregunta estratégica es inevitable: si el régimen especial pasa de representar 15% a 20% o 25% del PIB, ¿qué ocurre con el equilibrio productivo y fiscal del país y con la situación social por falta de generación de puestos de trabajo?
Gravar abruptamente ese régimen sería imprudente. Podría erosionar competitividad y credibilidad jurídica. Cualquier modificación debe respetar la seguridad jurídica y los compromisos internacionales del país. Pero tampoco es razonable pensar que pueda mantenerse indefinidamente con un tratamiento fiscal inalterado mientras el régimen definitivo soporta la mayor carga.
La discusión responsable no es castigar el éxito, sino diseñar una contribución gradual, predecible y competitivamente viable del régimen especial al financiamiento del desarrollo nacional. Un esquema de incorporación progresiva —anunciado con horizonte largo y reglas claras— podría evitar distorsiones y fortalecer legitimidad.
Paralelamente, deben explorarse mecanismos para administrar el exceso de divisas: ajustes prudentes en la política monetaria, acumulación responsable de reservas, limitar el endeudamiento externo del gobierno y mayor diversificación internacional de las inversiones de los fondos de pensiones, reduciendo presión sobre el mercado interno.
Pero el punto central permanece:
No se trata de frenar el régimen especial. Se trata de evitar que su éxito, sumado a deuda externa y otros flujos, termine debilitando al resto de la economía y restringiendo la capacidad del Estado para invertir en educación, salud y seguridad.
La pregunta que debe abrir y cerrar este debate es la misma:
¿Cómo administramos el éxito del régimen especial sin sacrificar el resto del país?
Ignorarla sería el verdadero riesgo. Gobernarla con visión de largo plazo es la tarea pendiente.