Idealizamos el enamoramiento de los jóvenes. Las novelas, el cine, mucha de la música, la poesía y la pintura, nos presentan la belleza y las delicias del amor de pareja entre personas jóvenes. Nos deslucen las maravillas del amor entre una mujer y un hombre jóvenes.

Quiero contarles estimados lectores por si son jóvenes y no lo saben, que el amor es como las frutas: es más dulce cuando madura. El amor es aún más bello, comprensivo, profundo, reconfortante cuando es el amor acumulado durante toda una vida por una pareja que tiene la bendición de envejecer juntos.

Nuestro concepto de belleza idealiza la juventud.

Ciertamente hay bases para esa perspectiva en nuestra cultura.

Los jóvenes están bien avanzados en el desarrollo de su vigor y su resistencia física. Son más atrevidos, buscan la aventura, son más inclinados a experimentar, a innovar y a disfrutar de las novedades.

Están en las mejores condiciones para la procreación, triunfan en los deportes, les sobra energía para atender sus obligaciones cotidianas de estudio, trabajo, arte, emprendimiento o acción social, religiosa o política, y enfiestarse después.

Esa atractiva belleza y vitalidad de la juventud se traslada a la imagen que nuestra cultura tiene del enamoramiento: una mujer bella y un hombre guapo entre 20 y 35 años, que románticamente se declaran su amor, y “vivirán felices para siempre”.

Es cierto. Fui joven y lo viví. He contado como de adolescente disfruté el noviazgo con maravillosas muchachas, para cada una de las cuales guardo enorme cariño, respeto y gratitud. Y como todavía muy güila, pero ya durante mis estudios universitarios, me enamoré de Lorena y me empeñé por un par de años en que me correspondiera. Estaba decidido desde el principio a que juntos íbamos a vivir la vida y construir nuestra familia.

Gracias a Dios y a la ayuda de mis queridos y recordados suegros ese propósito se tornó realidad y hoy ya vivimos el año 64 de nuestro matrimonio.

Hemos sido bendecidos por Dios al poder llegar unidos y con una maravillosa familia a esta avanzada vejez. Han sido maravillosos los hijos, sus cónyuges y los nietos. La vida espiritual en nuestra religión católica nos ha permitido disfrutar del amor de Dios y de sus dones. Hemos gozado de familias unidas y solidarias y de amigos leales y alegres. No hemos carecido de bienes necesarios para vivir adecuadamente, poder educarnos y conocer un poquito las realidades humanas, y para incursionar en actividades empresariales, académicas, sociales, deportivas, políticas.

Pero no hemos sido felices por la ausencia de dificultades y dolores pues nos ha tocado enfrentar muchos y muy profundos. Además de las penas ordinarias que enfrentan casi todas las personas por la muerte de padres, familiares y amigos, por enfermedades y problemas económicos, o por malentendidos en la convivencia, nos ha tocado sufrir la muerte de un hijo de 15 años, de un bebito con pocas horas de nacido y de un embarazo. La pérdida de empresas que fueron grandes y de campañas políticas que fueron arduas. La persecución, la cárcel, la pérdida por mucho tiempo del afecto y la confianza de nuestros conciudadanos.

Hemos sido felices por haber tenido la dicha con fe y confianza en Dios de poder enfrentar juntos las adversidades, luchar juntos cuando la lucha podía revertir el dolor, de apoyarnos mutuamente siempre.

Hoy que vivimos el dolor, la angustia y la incertidumbre de la enfermedad podemos proclamar -sin dudarlo- que, por tener la bendición de estar juntos, el enamoramiento de hoy es mayor que el de la parejita de 19 y casi 23 años que llena de ilusiones se casó en 1962.

Hoy que tantos jóvenes viven en la soledad, que el porcentaje de emparejamientos entre ellos disminuye año con año, les cuento que no solo se pierden la ilusión y las alegrías del amor juvenil, sino que además se privan de las mieles del amor en la ancianidad.

Miguel Angel Rodríguez E.

Ex Presidente de Costa Rica
Ex Secretario General de la OEA
Economista, abogado, político.
Esposo, padre, abuelo.

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