DEMOCRACIA, CIUDADANÍA, UNIVERSIDAD: Una conversación sobre el futuro de Costa Rica UCR

Ciudad de la Investigación— UCR

29 de junio de 2026

Saludo con afecto y agradezco al Sr. Rector Dr. Carlos Araya, al Sr. Decano de Ciencias Económicas Dr. Leonardo Castellón y a las autoridades de mi querida Universidad de Costa Rica la generosa distinción que me permite estar acá ante Uds., profesores, estudiantes, amigas y amigos, y saludarlos, también con afecto y estima.

Tuve el honor de participar aquí enfrente, en el Aula Magna vacía por el covid 19, en la celebración que hizo la UCR de los doscientos años de nuestra independencia. Entonces disfrutaba la maravillosa vida con Lorena que mañana habría cumplido 83 años. Hoy la recuerdo con inmenso amor y especial gratitud pues por tener el privilegio de vivir una larga vida a la par de ella, puedo hoy reflexionar sobre el futuro de Costa Rica de modo de unir conocimiento con amor.

En esa ocasión que agradezco, hace ya casi 5 años, reflexioné sobre los problemas y retos que enfrentábamos, nuestras perspectivas y los equilibrios necesarios para resolverlos con éxito.

Sobre esos desafíos comenté entonces: “con la Gran Recesión surgió el descontento. El aprecio por la democracia cae año con año, la globalización, las instituciones internacionales y el comercio internacional reglado pierden adeptos, los ciudadanos desconfían de las élites a las que consideran indiferentes a su bienestar, los valores se desvalorizan, la cultura se banaliza, impera el espectáculo y no la sustancia. Se menosprecia la política y a los políticos. De la anti política surgen los populismos de derecha y de izquierda que carcomen el estado de derecho, violan los derechos humanos y engatusan a los ciudadanos. A pesar del desbocado avance en infocomunicación, inteligencia artificial e internet de las cosas; predominan las paparruchadas, o “fake news” como ahora se las conoce, y las falsedades se difunden y prenden más que las verdades. Vivimos en la posverdad, ya ni los hechos son objetivos. Las emociones se imponen antes que el debate racional. La envidia, el odio, el rencor son más fuertes que la admiración, el amor y la amistad. Las naciones y su acción internacional se muestran incapaces de enfrentar los grandes retos del calentamiento global, del armamentismo y los arsenales nucleares, del cambio tecnológico y en neurociencia y de la posibilidad de que se concentre en muy pocas personas la capacidad de determinar nuestras acciones, de la pobreza de naciones rezagadas y de familias que sufren la miseria en medio de la opulencia en países ricos y de ingresos medios.

Desdichadamente ninguno de esos obstáculos a la felicidad de las personas ha desaparecido. Más bien muchos se han agravado.

De tiempos de relativa paz pasamos a guerras descarnadas y se ha incrementado el crimen internacional. La confrontación entre potencias es mayor y hoy impera el poder sin tapujos y no las reglas para la convivencia y el comercio internacional que veníamos construyendo. La fragmentación de los partidos y el antagonismo son mayores. El ambiente se sigue deteriorando y la fuerza política para enfrentarlo se ha diluido. Hay más autocracias y menos democracias. Los estados de derecho se deterioran.

Esta abigarrada manifestación no es mi dolorosa jeremiada. Es un intento muy imperfecto de entender las circunstancias negativas que se complementan con avances sorprendentes de la humanidad y, veremos después, que, al menos en mi criterio, existe el amor y hay caminos y razones para el optimismo.

Nuestros desafíos también se expandieron. Hoy sufrimos una inseguridad nunca experimentada en nuestra historia reciente. Los cierres prolongados del aparato educativo, el llamado “apagón educativo”, nos han legado un contingente de jóvenes con enormes falencias en su instrucción y un sistema más debilitado en su calidad. Las “colas” para servicios hospitalarios aumentan mientras los pacientes conviven y hasta mueren con enfermedades no atendidas. El antagonismo, la división y la falta de diálogo no son propios de adversarios, sino de enemigos.

Desde hace ya varios siglos, hasta para una nación grande y poderosa, su futuro depende de la situación del resto del mundo y de las especificidades de su tiempo. Por supuesto esa dependencia es mayor para una nación pequeña y abierta al mundo como Costa Rica.

Por eso es importante que en una conversación sobre nuestro futuro hagamos al menos alguna reflexión sobre el tiempo que vive el mundo.

He venido repitiendo algo que por supuesto no es de mi creación. Qué vivimos un cambio de época de tal proporción como el que brotó con la caída del Imperio Romano; o el que se encarnó en el renacimiento o el que da origen a la “época contemporánea” con la ilustración, la revolución industrial, la independencia de EEUU y la revolución francesa.

En 1931 Antonio Gramsci desde la prisión fascista sentenció: "La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados." Una visión marxista.

Poco después Ortega y Gasset nos dijo: "Hay épocas en que el hombre se queda sin mundo." Era su visión liberal humanista de que vivimos desde hace casi 100 años una crisis de creencias y una transición histórica.

Luego, el Concilio Vaticano II interpretó su tiempo (1965) señalando: “El género humano se halla hoy en un período nuevo de su historia”. Y agrega que: “La humanidad pasa de una concepción más bien estática de la realidad a otra más dinámica y evolutiva"

Después, en 1975 en la UNESCO, el Papa San Juan Pablo II indicó: "El futuro del hombre depende de la cultura." Los cambios económicos, tecnológicos y políticos son importantes, pero el destino de una civilización depende en última instancia de la visión del ser humano que sustenta su cultura. Una visión católica.

Todas esas interpretaciones convergen en considerar que las personas nos encontramos hoy entre un mundo que muere y otro que todavía no ha nacido.

Más recientemente el Papa Francisco, al referirse a las transformaciones tecnológicas, culturales, económicas y éticas de nuestro tiempo popularizó la frase que muchos venimos usando: “No estamos viviendo una época de cambios, sino un cambio de época”.

Y hace pocas semanas el Papa León XIV formula en Magnifica Humanitas la respuesta de la doctrina social de la Iglesia a la revolución digital, la inteligencia artificial y la redefinición de la relación entre persona, trabajo, conocimiento y comunidad. Nos advierte: “Estamos viviendo una rápida fase de transición, un “cambio de época” en el que —mientras algunos se disputan el futuro de las nuevas tecnologías y otros se dedican a reflexionar sobre ellas— la mayoría de las personas permanece a la espera, observa desde lejos y simplemente aguarda a que todo salga bien.”

Pero esa espera agobia.

Esos profundos cambios ahora se dan con relampagueante velocidad. Cambios cada vez más acelerados en la condición de las mujeres y los hombres, en las relaciones familiares, comunales, religiosas, empresariales, del trabajo, políticas, internacionales, en la tecnología con la IA. En las relaciones y confrontaciones entre las potencias mundiales. Cambios por la aparición y la preponderancia de las redes sociales, sus algoritmos que facilitan la comunicación impensada y nos separan en grupos cerrados y hostilmente enfrentados. Qué magnifican la fortaleza de las paparruchadas.

Esos cambios se dan en cómo vivimos y en qué podemos hacer, pero a sus efectos no nos hemos ajustado. Son cambios que se han dado en nuestros medios e instrumentos, y parcialmente en nuestras leyes y prácticas, …pero que no sabemos todavía cómo interiorizar, como domar, como aprovechar.

También todos esos cambios han puesto de manifiesto y exacerbado la ineficiencia y la corrupción de muchos gobiernos, el dolor de la pobreza y en muchas naciones como la nuestra, el aumento de la desigualdad.

¿Cuáles son las consecuencias de esas transformaciones? ​

El cambio de época causa frustración y desarraigo de las personas que pierden el abrigo de la familia tradicional, de los empleos formales y duraderos, de su pertenencia religiosa, de su comunidad ahora sustituida por las amistades anónimas en las redes sociales.

Con el cambio en las circunstancias crece la incertidumbre. Lo desconocido nos da miedo.

Frustrados, sin el sustento de relaciones humanas y espirituales que nos tranquilicen, confusos y con miedo, se acrecienta la fuerza de emociones y sentimientos negativos, principalmente el enojo, y se apoderan de los pueblos la envidia y el odio. Son condiciones propicias para la violencia y un magnífico abono para populismos demagógicos y estatistas. La racionalidad y el amor se debilitan en la acción humana.

Estas circunstancias favorecen el menosprecio a la institucionalidad del estado democrático liberal, dificultan que los partidos actúen como crisoles en los que se amalgamen los diferentes intereses en una visión compartida de bien común. Se fragmentan los partidos y se multiplican las visiones minoritarias, lo cual abona la aparición de populismos autoritarios de diversos signos ideológicos, de izquierda y de derecha, progres y ultraconservadores, comunistas y promercado, pero todos engañadores y en mayor o menor grado destructores del estado de derecho y violadores de la libertad y de los derechos humanos.

Por eso, en este cambio de época debemos esforzarnos porque prevalezca el respeto a la vida, la dignidad y la libertad de todas las personas, el encuentro fraterno, la amistad social y por protegernos con una estructura de valores que nos permita navegar mejor en aguas desconocidas.

Es una hora que nos llama a defender nuestra democracia liberal con su institucionalidad del estado de derecho.

La democracia no es una forma perfecta de gobierno. La democracia es obra de nosotros, los seres humanos que somos imperfectos, ignorantes, capaces del mal, limitados por el tiempo, el espacio, y los recursos.

La democracia es el mejor gobierno para nuestra imperfección. Si fuéramos perfectos no habría debate, ni necesidad de restringir el poder de las personas, de sus organizaciones y de los estados.

La democracia se sustenta en un sistema electoral confiable, en procesos electorales competitivos que se desarrollen en cancha nivelada para todos los actores, con las libertades necesarias para que se pueda libremente participar en esos procesos.

La democracia como sistema de elección libre de los gobernantes con alternancia en el poder es una condición necesaria para que las personas puedan vivir en libertad y buscar su felicidad.

Pero no es suficiente.

Se necesita la operatividad de un estado de derecho. El Estado se requiere para evitar el caos de unas personas abusando de otras. Pero también se necesita controlar la arbitrariedad del Estado. Que el poder controle al poder.

Se requiere la construcción jurídica de un estado que además de los derechos patrimoniales (propiedad, contratación, libertad de empresa) y de los derechos políticos (igualdad de apertura a la participación de todos en la definición de los asuntos públicos) garantice los derechos civiles (la no discriminación en la posibilidad de ejercitar iguales libertades y derechos).

El estado de derecho es el gobierno de la ley y las instituciones, no de las personas. Ley con normas generales iguales para todas las personas.

Con el estado de derecho se agrega a la democracia electoral las garantías para limitar el poder de los gobernantes: división de poderes, asignación de competencias, defensa de los derechos humanos, debido proceso e independencia de los jueces, control de constitucionalidad, revisión judicial de las actividades administrativas.

Democracia electoral y estado de derecho son condiciones necesarias, pero no suficientes. No basta el sistema de pesos y contrapesos.

Permítanme recordar la obra épica más antigua conocida, la Leyenda de Gilgamesh de los sumerios de hace 4500 años

Gilgamesh era un rey inteligente e invencible pero despótico que arrasaba con la vida de los hombres y el honor de las mujeres. Los súbditos imploraron a los dioses que los ayudaran, y les enviaron a Enkidu tan poderoso y fuerte como Gilgamesh, pero… se pusieron de acuerdo. Ahora eran dos los tiranos abusadores.

Para evitar que Gilgemash someta a Enkidú, o que ellos dos se pongan de acuerdo para conculcar los derechos de los ciudadanos, se requiere una ciudadanía ilustrada, con valores, independencia y coraje. Se requiere una cultura democrática que permita a la sociedad hacer contrapeso al estado. Y que lo haga con amor para impedir una nueva fuente de antagonismo y posible opresión por parte de la mayoría.

La democracia requiere una sociedad fuerte que controle el poder del estado, que a su vez debe ser fuerte para controlar el caos en la sociedad.

Pero esa sociedad fuerte, imprescindible para que perdure y se fortalezca la democracia liberal, se debilita por su fragmentación, si se debilitan los mercados, por la magnitud de los deseos insatisfechos, por la incertidumbre, el desarraigo, el miedo y la ira de sus integrantes y por la desconfianza que prevalece frente a las élites y entre los ciudadanos.

Estas circunstancias y dificultades oscurecen la luminosidad de un incremento inimaginable en la creatividad de la humanidad, de la generación de mayor consciencia en más y más personas sobre la dignidad de todos, de la aceptación de las diferencias, del extraordinario aumento en el nivel educativo de hombres y mujeres, y del aumento de la fuerza de las aspiraciones a la paz, al progreso, al conocimiento.

Acá resplandece el rol imprescindible de la universidad en nuestra actualidad.

Sin universidad no puede haber ciudadanía con conocimientos y fuerza para controlar la arbitrariedad de los gobernantes que pretendan destruir los límites que les impone la institucionalidad de la democracia liberal con su estado de derecho.

Sin universidad es impensable un Estado y una Sociedad capaces de asimilar el extraordinario cambio que cada día nos deparan la 4ª Revolución Industrial y la IA.

Sin universidad no se puede dar el rico debate de ideas que surge del conocimiento; que apaga los prejuicios de la ignorancia, y da lugar a los debates serios y respetuosos entre personas conscientes de sus limitaciones. Debates que son indispensables para la democracia liberal.

Sin la universidad es muy difícil en nuestro tiempo contar con un poder social formado por personas que piensen por sí mismas.

Es importante impedir que dominen la opinión visiones extremistas que pretendan concentrar el poder en el estado o en quienes falsamente se creen iluminados.

La universidad difunde el conocimiento que implica diversidad de opiniones, que nos hace conscientes de lo limitado de nuestras certezas, que evidencia la necesidad de humildad en torno a nuestras diferencias.

Yo puedo estar convencido de que tengo razón. Tal vez la tenga, tal vez no. Pero, aunque yo tenga la razón, quienes difieren de mí tienen razones para hacerlo. Si no los escucho, si no hay libertad para las diferencias y debate serio y respetuoso, ¿cómo podemos llegar pacíficamente a acuerdos? ¿cómo pueden operar adecuadamente la democracia electoral y el estado de derecho?

Creo que no es aventurado resaltar el papel estratégico de la universidad para facilitar una sociedad más abierta a que nos escuchemos y al debate creativo.

Pero ¿es eso suficiente? Estimo que no.

Mucha participación, mucho buen trato, sin resultados satisfactorios de la función pública no genera aprecio de los ciudadanos.

El aprecio de los ciudadanos por la democracia liberal también depende de su eficacia y eficiencia para satisfacer de la mejor manera posible las necesidades de las personas.

Por supuesto con los errores y retrocesos propios de nuestra naturaleza.

Nuestra atención a las funciones del Estado que atienden la cotidianidad de los ciudadanos debe ser bien planificada, dirigida, coordinada, evaluada y debemos rendir cuentas sobre nuestros resultados. Solo así podremos decir que somos fieles al deber de buscar el poder para servir. Poder, sí, pero para servir.

Ello significa que debemos entender y promover las ventajas del uso intenso del conocimiento. Pero el conocimiento está disperso entre las personas e incluso en muchas ocasiones es inarticulado. Eso significa que mucho del conocimiento no es transferible, y solo resulta en acciones que podemos hacer, pero no explicar, como por ejemplo andar en bicicleta. Es conocimiento que aprendemos haciendo. Esto exige libertad para hacer dentro del orden de la sociedad.

De ahí la ventaja de la subsidiariedad, de la descentralización, de la economía social de mercado, de la innovación y la productividad, del comercio internacional sometido a normas para evitar la arbitrariedad de estados o empresas poderosos.

Por eso el uso eficiente del conocimiento y la generación de innovación y productividad, que son necesarios tanto en el sector público como en el privado, resulta posible por la participación de todas las personas y de sus organizaciones. Y evidentemente esa participación es más eficaz y eficiente si las personas poseen más conocimientos.

La participación de las personas en mayores conocimientos es aún mayor en estos tiempos de la 4ª Revolución Industrial y de la IA, que demanda una oferta de personas más capacitadas, más especializadas y preparadas en nuevos campos que se abren al conocimiento.

Evidentemente de nuevo el rol de la universidad es para ello imprescindible. ¿Adónde, si no en la universidad, se va a generar y a propagar ese conocimiento?

La democracia, la libertad y el progreso de personas dignas requieren en este siglo XXI aún más de la universidad.

Es responsabilidad de los ciudadanos y de sus instituciones proyectar a nuestro futuro lo mejor de la construcción social de nuestra historia y construir una sociedad más justa, que elimine la pobreza y abra oportunidades de superación personal y familiar.

Para ello debemos usar el conocimiento para buscar equilibrio entre objetivos razonables y válidos que llevados al extremo deterioran otras metas igualmente convenientes. Debemos hacerlo con consciencia de nuestras limitaciones, pero llenos de esperanza en las extraordinarias capacidades de las personas.

Aquí de nuevo el rol de la universidad es primordial.

Equilibrio entre:

o libertad y solidaridad: de la libertad de todas y cada una de las personas depende la vigencia de su dignidad como seres independientes; de la solidaridad entre nosotros depende la paz social;

o innovación y oportunidades: de innovar depende el progreso basado en eficiencia y requerido por la escasez, pero la creatividad de unos no puede darse a costa de eliminar posibilidades a los demás;

o justicia social y eficiencia económica: es preciso practicar la opción preferencial por personas dejadas de lado por el progreso, pero con el uso de instrumentos que no limiten la eficiencia;

o Equilibrio entre mercado y estado: tanto mercado como sea posible, tanto estado como es necesario, incluso para facilitar el orden económico competitivo;

o Entre estabilidad financiera y equilibrio fiscal por una parte y por otra la demanda por gasto creciente del Estado: con inflación castigamos en mayor medida a las familias más pobre, pero las demandas de gasto público son crecientes para educación de primaria a universitaria, de salud, de pensiones, de infraestructura, y de otros rubros muy importantes;

o Entre derechos individuales y valores de vida y familia: la dignidad y la libertad es de cada persona, pero la familia es la célula esencial de la sociedad en la que se trasmiten valores y tradiciones;

o producción y conservación: estamos llamados a promover armonía entre el bienestar de la generación presente y el de hijos, nietos y bisnietos;

o entre gobierno y comunidad: control territorial centralizado y normas de convivencia básicas comunes a la par de diversidad creativa y subsidiariedad en favor de las regiones;

o entre las tradiciones locales que nos dan arraigo y pertenencia y la consciencia de nuestra responsabilidad global; somos vecinos de Montes de Oca, pero también habitantes de la tierra:

o seguridad ciudadana y justicia incluida la rehabilitación de quien ha delinquido: hoy más difícil y necesaria que nunca en nuestra historia.

Cada persona y cada grupo tienen interés propio en alguna de cada una de esas potenciales disyuntivas.

¿Cómo armonizar intereses a menudo con enorme oposición entre sí?

De nuevo la universidad como faro de conocimiento puede iluminar soluciones y alternativas frente a los casos concretos.

Actuar con seriedad, eficiencia y eficacia para tener éxito en la construcción de esos acuerdos no es fácil y requiere conocimiento y la humildad que nos da reconocer nuestra ignorancia.

Pero eso no es suficiente. Requerimos además virtud en moderación, apertura y respeto a quienes piensan diferente. Son virtudes que forman parte de la coraza de convicciones que nos puede proteger frente a la incertidumbre, el desarraigo y el miedo al cambio.

Con independencia de que esas virtudes se originen de una fe trascendente o sean fruto de la sabiduría acumulada por la humanidad, para que ellas predominen en las relaciones humanas debemos practicar el amor a las demás personas. Solo así, por convicción de que mi bienestar depende del bienestar de los demás, podremos dominar el egoísmo innato en nosotros.

También es tarea de la universidad preservar y comunicar la sabiduría que destila nuestra cultura. Y no debería haber prejuicios ni timidez para hablar de sabiduría y de amor en la academia.

La universidad es más que difusión, investigación y promoción de ciencias y sabidurías. Entre otras cosas es también repositorio de nuestra historia.

Costa Rica no se inventó ahora, ni hace 4 años, ni en el 48. El vigor y la sabiduría que nos ha diferenciado se origina desde nuestro extraordinario siglo XIX.

En el tesoro de nuestra historia encontramos lo que he llamado la solución costarricense. La capacidad demostrada desde la propia llegada de la noticia de nuestra independencia para prever los problemas que nos traería el futuro con sus cambios, y acordar y ejecutar juntos las soluciones.

Estoy convencido de que esa solución fue posible porque en la pequeña y aislada pobre comunidad costarricense muchas familias se conocían y había consciencia de que sus relaciones deberían ser regidas por el amor y no por la confrontación y la enemistad. Lo creo no porque fuesen santos ni sabios, ni porque siempre lo pusieran en práctica, sino por los resultados de sus acciones. Posiblemente les facilitó esa manera de actuar su precaria condición que hizo posible que, en medio de constantes violaciones al mandato del amor, al menos sabían que deberían practicarlo.

Es hora de rescatar la solución costarricense para recuperar la relación armónica entre ciudadanos y dirigentes políticos.

Es una tarea esencial para unirnos armónicamente, con amor fraterno y sus virtudes, con conocimiento, con la fuerza de ciudadanas y ciudadanos, en la interminable y siempre imperfecta búsqueda y lucha por practicar la verdad, el bien común y la justicia y de admirar la creación y la belleza.

Con humildad propongo que ese y no la confrontación radical de intereses contrapuestos es el camino para resolver los difíciles problemas en medio del antagonismo y de incluso la enemistad que nos divide.

Las universidades públicas requieren más recursos de ahí la lucha por incrementar el FEES. Pero también requieren más recursos la educación a cargo del gobierno, la seguridad ciudadana, la salud con sus filas, nuestra insuficiente infraestructura. El sistema de seguridad social demanda un ajuste radical por el envejecimiento de la población. Debemos adaptarnos al cambio climático cuyos efectos se aceleran y también proveer la generación de energía con demanda creciente.

¿Cómo conciliar tan válidos y enfrentados intereses?

No veo otra solución que actuar uniendo conocimiento y amor.

Democracia, ciudadanía y universidad son esenciales para triunfar.

También el amor.

Miguel Angel Rodríguez E.

Ex Presidente de Costa Rica
Ex Secretario General de la OEA
Economista, abogado, político.
Esposo, padre, abuelo.

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