Después de la resiliencia de 2025: los desafíos económicos de 2026
La economía mundial terminó 2025 con resultados mucho más favorables de los que se preveían en la primera mitad del año que recién termina.
El Presidente Trump aceleró desde el inicio de su mandato las medidas disruptivas al comercio internacional reglado, con una política arancelaria agresiva de tarifas unilaterales muy elevadas al margen de la OMC, y con variaciones, anuncios y rectificaciones en torno a esas tarifas a lo largo del año.
Además, el Gobierno de EEUU que inició el año pasado disminuyó las corrientes migratorias y expulso a miles de inmigrantes y algo pasado ocurrió en Europa; y la ayuda para el desarrollo que se prevé que disminuyó en 2025 en una cifra del orden de un 10%, después de una reducción del 9% en 2024.
Los EEUU y otras naciones desarrolladas incrementaron el crecimiento del gasto público y de sus deudas estatales, y el crecimiento de las bolsas con base en las inversiones en IA que no reditúan pone una voz de alarma sobre la estabilidad financiera del mundo.
Todo ello introdujo una elevada dosis de incertidumbre en el comercio internacional, la inversión y los flujos financieros, lo que hacía previsible un crecimiento mucho menor de la producción, mayor inflación y mayor disrupción de las cadenas internacionales de valor a las que finalmente terminaron produciéndose.
El resultado final fue claro: las economías resultaron mucho más resilientes de lo esperado, y el crecimiento global terminó siendo superior a las proyecciones más pesimistas que se manejaban a inicios de 2025. La capacidad de adaptación de empresas, mercados y políticas públicas fue mayor de lo anticipado.
En abril de 2025 el FMI preveía un crecimiento del PIB mundial de solo un 2,8% con una disminución de 0,5 puntos porcentuales (p.p.) respecto a 2024. Pero la proyección de octubre es que llegará a un 3,2%.
El volumen mundial de comercio en vez de disminuir 0.9 p.p. este año respecto al anterior como el FMI estimaba en abril, se estima en octubre que crezca 0,1 p.p.
La inflación que en abril se preveía podía ser mayor a la entonces estimada, más bien baja 0,1 p.p. en la estimación de octubre con un desempeño mejor en las economías de mercados emergentes y en desarrollo.
En octubre el FMI estimó que América Latina y el Caribe en 2025 no disminuirán su tasa de crecimiento de 2024 que fue de 2,4%, lo que resulta por una mejoría en esta proyección de 0,4 p.p. respecto a la estimación de abril. Pero sigue siendo un crecimiento lento comparado con otras zonas no desarrolladas. La región de Centro América, República Dominicana y Panamá se estima que creció el año pasado un 3,4%, mucho más que México y América del Sur como ha venido ocurriendo en los años recientes. Pero con una disminución de 0,5 p.p. respecto a 2024.
De cara a 2026, el panorama cambia parcial y muy limitadamente.
La expectativa general es de un crecimiento algo menor que el observado en 2025, tanto a nivel global como en las principales economías desarrolladas.
El PIB mundial bajara respecto al estimado para este año en 0,1 p.p., de acuerdo con las previsiones del FMI de octubre. Ello ocurre mientras las economías avanzadas mantienen el mismo crecimiento, ya que las de economías de mercados emergentes y en desarrollo disminuyen su crecimiento en 0,2 p.p.
América Latina y el Caribe bajan su ya escuálido crecimiento en 0,1 p.p. Pedro por su parte nuestra región de SICA subirá su crecimiento en 0,4 p.p. casi recuperando su nivel de 2024.
De esta manera se mantiene una regularidad que ya es casi estructural: Centroamérica y el Caribe tienden a crecer más que Sudamérica y México. Ello responde a una combinación de factores: economías más pequeñas y abiertas, fuerte peso de servicios, turismo y remesas, mayor cercanía al mercado estadounidense y, en algunos casos, marcos macroeconómicos relativamente más estables.
El turismo, la logística, los servicios empresariales, la inversión en infraestructura y, especialmente en Costa Rica, las exportaciones de manufacturas especializadas y servicios modernos seguirán siendo motores relevantes.
En este contexto regional, Costa Rica enfrenta retos muy particulares. Nuestra economía continúa marcada por una dualidad profunda entre el sector tradicional —agricultura, parte de la industria y servicios orientados al mercado interno— y el sector moderno de las zonas francas y el régimen preferencial. Este último ha mostrado un crecimiento extraordinario, impulsado principalmente por las exportaciones de dispositivos y equipos médicos, así como por servicios intensivos en conocimiento.
Esa fortaleza ha sido una bendición para el crecimiento, las exportaciones y la estabilidad macroeconómica. Pero también ha profundizado brechas productivas, laborales y territoriales. Mientras el sector moderno se integra con éxito a las cadenas globales de valor, el sector tradicional enfrenta problemas de competitividad, baja productividad, informalidad y estancamiento del ingreso.
Mirando hacia 2026, en un mundo con riesgos latentes de nuevas disrupciones económicas, tensiones comerciales recurrentes y un crecimiento global menos acelerado, Costa Rica deberá actuar con especial prudencia. La política económica tendrá que ser cautelosa, coherente y previsible, cuidando la estabilidad macroeconómica, fortaleciendo la confianza y evitando errores que puedan amplificar choques externos.
Al mismo tiempo, será indispensable avanzar en reformas que permitan cerrar la brecha entre las dos Costa Ricas: recuperar la seguridad ciudadana, mejorar la educación y la formación técnica, fortalecer el sistema de salud y volver a poner al día nuestra seguridad social, fortalecer la infraestructura, modernizar el mercado laboral y crear condiciones para que más empresas y trabajadores puedan integrarse a los sectores dinámicos.
La discusión económica de 2026 no puede reducirse a cifras de crecimiento. Está en juego el tipo de país que queremos ser en un entorno internacional más incierto y exigente, con graves problema nacionales -sobre todo en seguridad - que no se han abordado. Costa Rica necesita una política económica que combine prudencia macroeconómica con decisión reformista, y apertura al mundo con una estrategia clara para integrar a quienes hoy están quedando rezagados.
Persistir en la dualidad productiva no es una opción sostenible por mucho tiempo más. Superarla exige liderazgo político, acuerdos amplios y una visión de desarrollo que vuelva a poner en el centro a la persona, a todas las personas, y en especial a las más necesitadas. En un mundo más frágil, la mayor fortaleza de Costa Rica seguirá siendo su capacidad de anticiparse, dialogar y decidir a tiempo: la solución costarricense.