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Una gira con el Candidato
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Por: Alguien que estuvo ahí

sarapiquiAntes, las giras con MAR no eran lo que la gente pensaría. No había caravanas, ni buses, ni canciones, ni cámaras, ni cientos de personas. Antes eran más tranquilas, más simples.

Más de una vez salimos en la madrugada Douglas León, el Candidato y quien escribe estas líneas. Esa era toda la comitiva. Nos turnábamos las eternas manejadas e íbamos apostólicamente de pueblo en pueblo explicando el mensaje del Candidato, y más importante, aprendiendo de lo que Costa Rica enseña.

Una de esas tantas giras fue especial. No fue como las otras, aunque tal vez empezó igual; una madrugada con la comitiva mencionada más Frank, el chofer de toda la vida del Candidato. Viajamos ese día hasta lo más profundo de Sarapiquí, a visitar un pueblo indígena. Muchas horas en carro, muchas horas en lancha, mucha paciencia.

Como a media mañana llegamos al Río, donde debíamos dejar la Toyotona azul vieja que andábamos. Ahí nos esperaba el Candidato a Diputado de la zona, que siempre es un personaje muy importante, con una senda lancha blanca que parecía nueva. Asientos cómodos, mesita para los refrescos y techito para el sol, así nos fuimos por el Sarapiquí. Ya para medio día estábamos acomodados en un ranchito con elotes, chicha, café y pan, y listos para hacer lo que habíamos ido a hacer.

Prudentemente, como a las 4 de la tarde los de la comitiva empezamos a recordarle al Candidato que nos quedaba todavía el viaje de vuelta, porque otra característica de las giras era que no importaba cuan largo fuera el destino, la gira duraba un día.

Como palabras necias a oídos sordos, nuestras invitaciones no tuvieron efecto y fue hasta las 6 de la tarde que logramos montar al Candidato en la lancha blanca que parecía nueva.

El Sarapiquí es un río hermoso y grande, pero está lleno de peligros; barro por todos lados y de todo tipo, troncos enormes que flotan como locos, bancos de arena en ambos lados y corrientes descontroladas. Navegar el Sarapiquí de noche no es,  nunca, una buena idea.

Aquí es donde la gira dejó de ser como las otras. Empezamos el regreso con una advertencia del capitán sobre todos los peligros que nos esperaban por las próximas horas, él los resumió así: quedar en un banco de arena, chocar con alguna rivera o que un tronco pudiera perforar la lancha.

Para este momento Frank, que quienes lo conocen saben que es de esos que saben bien como quejarse, ya había comenzado con los reclamos, Douglas trataba de mantener todo en orden, y yo, francamente yo iba muy bravo... yo sé que el apostolado político tiene sacrificios, pero aquel día que iba de mal en peor era por una terquedad del Candidato...

Empezó el viaje con la última luz. De inmediato problemas, el capitán hacia virajes evitando troncos, las corrientes nos movían para todo lado y la noche había llegado.

A la media hora un correntazo y un par de troncos empujaron la lancha, y luego de un golpe secó quedamos varados en lo que parecía ser un poco de barro en la rivera. Empezábamos a atender la emergencia cuando el Candidato anunció que se iba a tirar de la lancha, y desde el barro en la rivera la empujaría hasta llevarnos de nuevo al agua. Como un súper héroe. En efecto, se levantó el señor, se arrolló las mangas y se arrojó por lo borda... y desapareció...

El poco de barro en la rivera resultó ser una piscina de barro de dos metros de profundidad en un lado del río. Hubo alarma en la lancha, todos se ofrecieron para un rescate inmediato, lanzaron cuerdas y cuerpos, y salvaron al Salvador, todos menos yo que seguía bravo.

Con el héroe a salvo, y cubierto de barro, volvimos a concentrarnos en el problema de estar varados de noche en un río furioso. El capitán anunció rápidamente que la lancha no iba para ningún lado. Un tronco había hecho un hueco en un lado y teníamos barro por todas partes. Hasta ahí llegó la lancha blanca que parecía nueva.

Al rato apareció nuestro rescate. Esta vez ya era un botecito más humilde, todos sentaditos en el piso, Frank y yo al fondo, al lado del motor, con unos tarros de mantequilla amarillos para sacar el agua que inevitablemente se iba a meter. Justo en ese momento empezó a llover; a llover en serio, como llueve en los días en que todo sale mal. Así nos metimos nuevamente al río con troncos, corrientes, arena, barro, lluvia y noche.

El botecito iba a tres por hora porque era la única forma de tener chance de sobrevivir aquello. El capitán anunció un peligro más que no había mencionado, el Sarapiquí está profusamente habitado por caimanes y cocodrilos. Con ese anuncio las quejas de Frank se convirtieron en lamentos horribles. El resto de la comitiva, Candidato incluido, íbamos calladitos, con palos en las manos para apartar los troncos que se acercaban al barquito.

Dos o tres horas llevábamos en este martirio cuando uno de los famosos troncos le pegó a la lancha justo en el motor, del lado de Frank que pegaba gritos. De seguido, silencio, quedamos flotando, nada más flotando, en aquella barbaridad de lugar. Hasta ahí llego el botecito humilde.

Según Frank, veía ojos de cocodrilo por todas partes, y nos alertaba a todos con grandes sollozos. Ya no recuerdo de donde ni cómo llegaron, pero luego de un rato aparecieron dos pangas en medio del río. No miento, eran dos navecitas de troncos de árbol, un metro de ancho y un motorcito lamentable. Ahí nos montamos toda la comitiva, uno en frente de otro, algunos con tarros de mantequilla para sacar el agua, otros con palos para ahuyentar los troncos.

Tres eternas horas estuvimos viajando en esas navecitas, oyendo, al mismo tiempo, al río furioso y un coro de plegarias, lamentos, alarmas, y reclamos míos porque yo seguía bravo.

Tan rápido como todo empeoró se terminó. De repente las dos panguitas giraron hacia la orilla, justo en frente de la Toyotona azul vieja.

Era media noche. Todos callados nos montamos al carro, llamamos a las casas para empezar a contar lo que habíamos vivido, y nos turnamos la manejada.

Siempre nos vamos a acordar de esa gira. Logramos lo que fuimos a hacer –un año después pasamos la ley para darle cédula de identidad a todos nuestros indígenas— y sin buscarlo, el Río nos enseño cuan rápido la vida puede cambiar.

Yo no le hablé al Candidato por tres o cuatro días.
 

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