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Dios y derechos humanos

Dios no puede estar ausente de nuestra cultura, si como tal entendemos  la trasmisión de una generación a otra, consciente o inconsciente, por enseñanza o por imitación, de conocimientos, valores, costumbres y otros factores que influyen en la conducta humana. Porque nuestra cultura es heredera y representativa del monoteísmo judío, de la forma de vida, relaciones personales y normas de conducta del cristianismo e incluso de la relación entre hombres y dioses de la lógica griega y las concepciones del paganismo indígena.

 


Claro que la relación con el Creador  es en mucho  personal, pero es también una expresión social que así da pie a una religión. Como tal, se vive en las interacciones humanas, y se proyecta en las tradiciones, costumbres, normas y conocimientos de una sociedad.


Ni Europa ni América pueden renunciar ni desconocer las profundas raíces cristianas de nuestra cultura, que han moldeado y condicionado casi todas las expresiones de nuestra vida en sociedad, y aún cuando nuestra cultura sea diversa en sus manifestaciones externas en los diferentes países y aún regiones, tiene un tronco común nutrido principalmente  por esas raíces.


En Europa el indiferentismo y los prejuicioshan robado  mucho espacio a las expresiones religiosas, y una falsa concepción del respeto a la libertad ajena, ha llevado a eliminar de los espacios públicos a Dios y a la religión. En menor medida esto se ha dado también en los Estados Unidos, en especial en los estados del noreste y en California.


Y este movimiento ha tenido funestas consecuencias para el respeto de los derechos humanos, pues han sufrido en especial el respeto a la vida y la integridad de la familia. Y esos  son  derechos humanos fundamentales, pues sin ellos no caben ni la libertad ni la dignidad para las personas.


Donde ese cambio se ha impuesto legislativamente por encima de la cultura heredada, la visión de la familia como una relación transitoria entre grupos de dos o más personas en número y sexos variados para disfrutar de placer carnal, se ha impuesto sobre la visión tradicional que ha sustentado nuestra vida social, de la familia como  núcleo de la sociedad, con permanencia, establecida por una mujer y un hombre para disfrute, procreación, ayuda mutua y educación y cuidado de los hijos.


Donde Dios ha sido excluido de la esfera pública, de la educación pública, de la “cultura oficial”, también el aprecio y el respeto por la vida han menguado, y el homicidio de los niños y niñas no nacidos, y de los ancianos y enfermos se ha ido legalizando.


En nuestro país ya se discuten en la Asamblea Legislativa iniciativas para abrir paso al aborto y para legalizar matrimonios o uniones de hecho entre personas de un mismo sexo. Y con semejantes intentos en curso se pretende ahora cambiar la regulación constitucional sobre religión y excluir a Dios de la Carta Fundamental.


Claro que es indispensable en un régimen democrático liberal como el nuestro defender el derecho humano a la libertad religiosa. La confesionalidad católica de nuestro estado responde a la realidad de la cuantiosa mayoría de personas que profesamos ésta, que consideramos la religión verdadera y ha estado siempre presente en nuestra constitución, desde el propio Pacto de Concordia de 1821. Pero eso no puede, de manera alguna, permitirnos a la mayoría obstaculizar el ejercicio religioso de otras creencias.

En otras circunstancias, -cuando no se estuvieran propiciando reformas legales en contra de la vida y de la familia a contrapelo de nuestra cultura y valores,- estaría de acuerdo en variar la confesionalidad de nuestro Estado, estableciendo una declaración más amplia de apoyo a los movimientos religiosos reconocidos, como ocurre por ejemplo en Alemania. Pero nunca podría estar de acuerdo en ser inconsecuente con nuestra cultura y nuestra historia y eliminar a Dios de la constitución, de las escuelas, de los actos públicos, ni de la vida en sociedad.

Con las leyes que ahora se impulsan en contra de la vida y de la familia, no puedo estar de acuerdo ni siquiera en cambiar la confesionalidad católica, apostólica y romana del estado costarricense.

Pido a todos los creyentes, católicos, cristianos de otras denominaciones, judíos o de otras religiones tomar consciencia de los cambios que se pretende imponer por ley humana en contra de la ley natural y de nuestra cultura.

 

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